Sube la marea, distorsiona mi visión de la realidad, la
nausea se apodera de la carne, pájaros encerrados en mi cabeza, pretenden volar
pero el muro es grueso y espeso. Luz solar penetra el agua he ilumina bellos
corales de locura brillante, diamantes en bruto que me hacen especular, divagar
en un mar de hilos sin fin, pero con principio, el principio atractivo y
seductor de lo desconocido. Remueven las entrañas ondas magnéticas oscuras,
cargadas con erotismo que violentan mi cuerpo, vibraron mis brazos las piernas
descosidas frente a la luz hipnotizante de la colosal luna que se presenta sin
aviso mientras enredado en promesas me distrae por unos instantes, efímeros y
eternos recuerdos que se graban en un yelmo de batalla. Dame esa luz
misteriosa, la deseo ahora que por el recuerdo anhelante hago estragos en mi
cuerpo, la nausea se fue por la locura a lo desconocido, nuevo, cosas nuevas
por aceptar y sabiduría por guardar.
Abro los ojos en mitad de la madrugada. Los ojos enrarecidos como de costumbre, no dan tregua. Los pensamientos tampoco. Agarro el móvil para comprobar si mi reloj interno está adelantado o atrasado. La luz de éste me ciega, me produce un escozor. Cae una lágrima. Las 6:07am. Lo apago y me vuelvo a acomodar sobre el cojín. Pensamientos no cesan de venir. Algo los motiva. Un piloto automático de goce. Un blablablá que no parece tener fin. Siento que ya está, ya me levanté, ya no hay vuelta atrás. Vuelvo a por el móvil y me pongo a mirar redes sociales. Pongo un podcast de una radio argentina. Dejo el móvil recostado a mi lado. La luz de la pantalla ilumina un poco del cuarto. Se filtra por la cortina una tímida luminiscencia matinal, cutre. Prefiero cerrar los ojos. Ahí va, un torrente de palabras con acento de casa corriendo como la pólvora hacia un lugar que no me interesa. Interludio hasta que vuelva a dormirme. Ojalá pueda. Ojalá pueda volver a no estar y no sentir la urgencia de ...
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