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Pensamiento divagatorio I: ¿Dónde está el límite entre la realidad y la imaginación?


Supongamos primeramente que la imaginación interpreta el papel del loco, culturalmente entendido como aquel que dista de la normalidad establecida por esta, digamos que su comportamiento es anómalo, por comparación a la normalidad. Sus movimientos se dirigen hacia aquello que su mente crea sin cesar, por ejemplo, la celopatía que pueden poseer personas posesivas e incluso el considerarse juzgado antes incluso de abrir la boca, dicho de otro modo, se contrae en el miedo que gesta la imaginación, las imágenes de un futuro aún no realizado, mejor dicho, real.

Pero por correlato vemos que no siempre la imaginación marcha sola con su delirio, sino que muchas de estas veces se basa o da certeza a aquello que se considera instinto, lo cual otorga notoriedad a aquello imaginado, por consiguiente podemos decir que la imaginación tiene recursos para hacer de ella una realidad, aunque ficticia, realidad.

Seguido a esto, la imaginación influye también en, sino directamente, sobre la misma emoción del cual genera imágenes pintadas con materiales basados en creencias para sí mismo tangibles, por ejemplo, la intuición como dijimos antes, la superstición relacionada directamente con la fe, o todos los derivados de estructuraciones pseudo empíricas. La emoción concretamente en este punto es lo que detona para sí la actividad neurótica, es decir, la imagen mental concreta de aquello que nos hiere. Pero ¿Por qué algo que nos hiere y no algo que nos contenta? Porque como se puede comprobar automáticamente la mente genera aquello de lo cual debemos huir, o en cierto modo afrontar, poner delante, por decirlo de alguna manera, la mente es muy directa, tanto que por ejemplo en el caso del amante celoso, lo que se imagina cuando no tiene a buen recaudo a su pareja es la imagen de esta en las posturas más grotescamente sexuales posibles, digamos que deja de ser sí mismo para convertirse en una emoción a causa de la imagen creada por la imaginación.

Aquí nos surge otra cuestión, ¿Estas imágenes son producto de una divagación, una abstracción mental como puede serlo una obra dadaísta cuyo fin solo es la provocación del espectador, o bien es una híper-construcción mediante la relación inconsciente entre miedos que constituyen al yo como ente con biografía? Por un lado vemos como una alerta del mismo aparato mental hacia algo que puede dañarnos en un futuro si no nos precavemos de hacer algo por ello, de allí que el bloqueo emocional surja, es decir, la alerta que da la mente sobre algún peligro a evitar para no sufrir puede ser tan impactante que no podemos actuar conscientemente y sino que los actos consecuentes son pura emoción inconsciente, de allí la agresividad, el descontrol de sí, el desenfreno… Por el otro lado a consecuencia de esto, vemos que la segunda premisa puede ser motivo o no de definición de la imagen que se genera. La biografía de cada cual puede ser el constituyente del miedo, que nos empuja a actuar, por ejemplo, a mi mente en cualquier momento llegan a mí imágenes de pobreza, de mi pobreza cruenta, viviendo bajo un puente, pidiendo a amigos, haciendo lo imposible por intentar comer algo caliente o incluso comer algo, de allí la desesperación por no acabar así, de allí el miedo a acabar así, de allí el principio de un acto.

En resumidas cuentas, creo tras esta breve explicación, que el límite entre la realidad y la imaginación se encarna en el acto. Digamos, por ejemplo para definir mejor esto, que hay dos fronteras, ambas pertenecen a la imaginación, una de ellas, genera aquello que no quiere volver a repetir, por ejemplo, nadie quiere volver a doblarse el dedo recibiendo un pase de un amigo con el cual estás jugando a básquet, o algo similar a ello, que recuerde el dolor o inclusive el placer, porque hay incluso miedo a no controlarse en manos de la satisfacción que pueda llegar a tener, y que ello produzca ansiedad o reniegue de practicar determinadas prácticas sexuales o lúdicas. La otra porción pertenece a la generación de imágenes de aquello que aún no se ha vivido sino que por empatía se ha hecho propio, por ejemplo, la pobreza de la cual hablaba antes. También aquí se crean imágenes que provienen de un constructo generalizado, muy relacionado con lo anterior dicho, por ejemplo, si a lo largo de mi vida mis padres, mis abuelos, mis tíos, los profesores o todo aquel que tenga cierto carácter autoritario me repita indirecta o directamente, no has de ser un inepto, ni comportarte como un imbécil, mi comportamiento se verá adaptado a dicho fustigamiento dialectal, y por consiguiente, las construcciones que deposite en esta frontera serán producto de una generalización que harán de una creencia generalizada algo propio, por lo que la libertad de conciencia solo llega en aquel momento en el cual la realidad nos sorprende y nos muestra a nuestros padres haciendo el imbécil o a nuestros profesores dando clases con resaca.

Ahora, ya definidas ambas fronteras, nos queda un último punto, el espacio infinitesimal que se haya entre ambas. Esa es la realidad, y se compone de ambas fronteras, las une, mediante el acto, puesto que con el acto se condensan tanto la imaginación, el miedo, la esperanza, la emoción y el coraje. Por lo tanto, para finalizar, vemos que el límite se encuentra en nosotros mismos y en la relación que podamos mantener con lo físico, es decir, materializar aquello producido por la imaginación, mediante el acto, y este inclusive puede ser un pensamiento solo, dicho de otro modo, el movimiento tanto físico como racional es en sí un actuar.

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